Aprendí lo que es una empresa familiar antes de saber lo que era una empresa.
Soy hijo de Leopoldo Abadía y uno de doce hermanos. En una casa así se aprende pronto a negociar, a repartir lo que hay y a convivir con quien piensa distinto. Mi familia fue mi primer laboratorio. Hoy soy padre de diez hijos y abuelo, así que el laboratorio sigue abierto.
Trabajé veinticinco años al lado de mi padre asesorando empresas. De él heredé algo que no viene en ningún protocolo: sentido común, hablar claro y desconfiar de la arrogancia.
En 1987 me llamó un conocido, preocupado. Su hijo no terminaba de arrancar en el negocio familiar y lo habían probado todo. Diseñé para él un programa a su medida, y funcionó. Luego llegó un segundo alumno, y un tercero. Así nació el PFI, sin página web ni publicidad: de boca en boca, de familia en familia.
Desde entonces he visto de todo: consejos que funcionaban y comidas de domingo en las que nadie se dirigía la palabra; herederos brillantes que no se lo creían y fundadores incapaces de soltar. He aprendido muchísimo de mis alumnos. La mayoría tiene una gran cabeza; lo que les falta es saberlo.

